La pasión ciclista de Isabel Menchero

Tras enamorarse del ciclismo, Isabel Menchero sufrió una caída que en un primero momento parecía que la iba a privar de volver a la bici. Superada su operación, vuelta a rodar y a ejercer de líder del proyecto Women in Bike.

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Pues siendo sincera, no recuerdo ni la edad ni la forma de aprender a montar en bicicleta. Los primeros recuerdos que tengo de rodar son con 13 años aproximadamente, cuando pasaba los veranos en el pueblo de mi padre, Villarta de San Juan (Ciudad Real) y la usaba allí para bajar a la huerta que teníamos en las afueras del pueblo. Aquí en Alcobendas (Madrid) donde residía, ni tenía bici ni me llamaba la atención tenerla. Mi relación con el deporte en general ha sido a rachas, y básicamente con lo típico de ir al gimnasio a clases dirigidas o a la sala de máquinas. Sí que es cierto que estando en el colegio llegué a estar apuntada a balonmano un par de años y participé en un par de carreras de atletismo, en plan milla escolar, que se hacían en aquellas épocas. Pero nada más allá...

Empecé a montar en bici como deporte, cuando ya estando casada mi marido se quedó en paro y decidió comprarse una MTB para hacer algo de ejercicio y así distraerse con tanto tiempo libre. Os hablo de hace 9 años, cuando yo tenía 31. Él empezó a montar bastante, le gustaba y me picó para que me comprara yo otra y así salir los fines de semana juntos. ¡Y bendita la hora! Comenzamos a montar en nuestro municipio, rodábamos hacia las afueras a los parques con caminos anchos donde se podía circular sin tráfico, y al principio recuerdo hacer como mucho unos 10-15 kilómetros y con eso llegar a casa bien satisfecha. Estuvimos un año haciendo pequeños recorridos por nuestra zona, y en verano de 2013 vimos en internet una publicación de una escuela de MTB en Madrid que realizaba una ruta nocturna por la Casa de Campo, y nos animamos a asistir. Para mí fue una experiencia brutal: rodar de noche, en grupo y conociendo un sitio diferente. Pero además me di cuenta que mi destreza encima de la bici no era muy buena en terrenos que no fueran pistas anchas y decidí apuntarme en esa escuela para dar clases de técnica y conducción. Empecé con clases sueltas algún fin de semana que otro, hasta que ese invierno sacaron un curso más completo de 3 meses y lo realicé al completo. En el tiempo que pasé en esa escuela conocí a bastante gente con la que sigo teniendo relación a día de hoy.

Comenzó una época en la que ya con mejor manejo de la bici empecé a realizar rutas más largas y en zonas más divertidas. Busqué información de grupos o clubs para poder salir con más gente; llegué a probar en 2 clubes madrileños bastante famosos, pero los integrantes, todos hombres, hacían unas rutas con un nivel muy alto para mí. Parece que por fin había encontrado mi lugar en un club ciclista de El Casar (Guadalajara), a media hora de casa. Realicé con ellos varias salidas en las que me encontraba a gusto, porque siempre iban esperando a los más rezagados. La bici era mi forma de desconexión de la rutina diaria; estaba toda la semana pensando en las rutas del finde. La gente que estaba conociendo gracias a este mundo es lo mejor que me había pasado. Los lugares a los que llegaba con mi bici, con el sacrificio de subir cuestas interminables, sudar en verano, mojarse en días de lluvia, era la mejor recompensa. Había conocido un mundo que me hacía muy feliz.

Llegué también a apuntarme a varias marchas no competitivas, las típicas de los pueblos en las que te lo pasas en grande, siempre con mi marido Sergio, hasta que en una de ellas, el 5 de Junio de 2016 en Socuéllamos (Ciudad Real) tuve una caída tonta, casi en parado, en una bajada donde dudé si tirarme o no. Caí por delante del manillar y al poner las manos en el suelo me fracturé la cabeza del radio del codo derecho. Fue horrible el dolor en ese momento, me tuvieron que trasladar en ambulancia al hospital más cercano en Tomelloso, me hicieron radiografía, me escayolaron y me dijeron que tenía que pasar por quirófano porque me la había liado buena. Total, que nos vinimos para Madrid y esa misma tarde me vieron en el hospital en urgencias y me dieron fecha para la operación a los 3 días. Hasta que no abrieron no pudieron ver si se podía arreglar con tornillos o me iba a hacer falta una prótesis de la cabeza del radio. Por suerte, con 6 tornillos pudieron dejar aquello lo mejor posible. Tras casi dos meses de reposo total, llegó la hora de quitar la escayola, el brazo se había quedado en la forma de 90º, no había forma de encogerlo ni estirarlo, y la muñeca con un giro mínimo. Empezó el calvario de la rehabilitación para ganar la mayor movilidad posible. Todos los días una hora de sufrimiento en la que lloraba; no os podéis imaginar del dolor, pero había que ser fuerte y aguantar para poder volver a tener una vida normal.

En todo este tiempo, todo el mundo me decía que no iba a volver a coger una bicicleta, y yo pues casi que pensaba lo mismo. Lo estaba pasando tan mal, que esos primeros meses no quería ni hablar del tema. A los 5 meses de la operación, viendo que con la rehabilitación no ganaba la movilidad deseada, tuve que volver a pasar por quirófano para quitarme los tornillos y sanear la zona de las adherencias formadas. Y otros 6 meses de rehabilitación más tuve que aguantar hasta que ya vieron que estaba estancada y a un 85% de movilidad aproximadamente me liberé de ese sufrimiento diario. En los últimos 2 meses de rehabilitación mi mente estaba cambiando de idea, porque no me había despegado del mundo de la bici en ningún momento. Mi marido seguía montando con el club, seguía acudiendo a marchas y yo le acompañaba de espectadora, por lo que el gusanillo de volver a subirme en mi bici cada día iba a más.

Fue el 2 de mayo de 2017, 11 meses después de mi caída, cuando volví a rodar. Con bastante miedo, pero con mucha alegría, sabía que no podía dejar de lado lo que me había dado tanto. Poco a poco iba saliendo cada vez más, pero el miedo en cada bajada no se iba. Tuve bastante trauma con esto. Disfrutaba mucho montando, pero cuando llegaba a algún punto más técnico, yo frenaba y pie al suelo. Pero bueno, no dejé de montar ni mucho menos, hasta en el verano de 2018 realicé lo que para mí ha sido la mayor proeza hasta el día de hoy, el Camino de Santiago Portugués: desde Oporto a Santiago en 5 días con mochila a los hombros. Sufrí mogollón, ¡pero qué experiencia tan gratificante! Pensar que has hecho kilómetros y kilómetros desde un punto hasta otro con tu bici es brutal. Lo repetiría mañana mismo, porque el cansancio se solapaba con creces con los paisajes y la emoción de vivirlo.

En otoño de 2018 descubrí en facebook un grupo de quedadas de mujeres en bici; siempre veía las publicaciones y me daba muchísima envidia ver lo que disfrutaban todas juntas. Por fin un día descubrí una publicación de unas chicas en Rivas y las escribí. Ahí conocí a Cristina, líder del proyecto Women In Bike, y me uní a su grupo. La verdad que tenía que recorrer casi 45 minutos en coche para llegar hasta allí a salir con ellas, pero valía realmente la pena porque me daba cuenta que rodar con chicas era fantástico. Estuve un año saliendo con ellas, hasta que me picó el gusanillo de pensar que yo podría hacer lo mismo en la zona donde vivía. Me mudé a un pueblo del norte de Madrid, Valdetorres de Jarama, donde hay campo para rodar y rodar, y me decidí a hacer el curso de líderes del proyecto Women In Bike a principios de 2020. En la primera quedada me acompañaron tres amigas para apoyarme, pero ya conseguí dos chicas más que se apuntaron. La verdad que me muevo bastante bien en redes sociales, publicitaba mis quedadas en los grupos de Facebook creados de todos los pueblos de esta zona, y quedada tras quedada eran más las chicas que se animaban a participar. Yo muy sorprendida porque no esperaba ese tirón, pero a la vez muy contenta porque por fin había encontrado mi sitio perfecto en el mundo del ciclismo.

Nunca he tenido espíritu competitivo; monto en bici porque es mi forma de desconectar de todo, es mi momento de conexión con la naturaleza y ahora con las quedadas, también el de las risas, porque nos lo pasamos genial. Cuando ya éramos bastantes en el grupo, decidí que nos teníamos que poner un nombre, enseguida se me ocurrió el de Jarameñas, dado a que el Río Jarama pasa por todos nuestros pueblos y a todas nos encantó. En nuestro grupo hay chicas de Madrid y chicas de Guadalajara, ya que por ejemplo Caraquiz o El Casar que ya pertenecen a la provincia de Guadalajara (los tenemos a 10 minutos de Valdetorres). Gracias a que otra Jarameña, Andrea, que tenía el curso de líder realizado de cuando vivió en Mallorca y creó allí un grupo, se decidió a crear quedadas también para hacerse líder en Guadalajara, ahora mismo somos casi 90 chicas en total. Con el tema de las restricciones perimetrales, ahora mismo no podemos juntarnos todas, ella las hace allí y yo aquí, pero la verdad que entre las dos nos organizamos y nos apoyamos muchísimo, y llevamos el grupo muy bien.

El haber descubierto el programa Women In Bike y haber conocido a todas estas chicas es lo mejor que me ha podido pasar en el 2020, año que nos ha marcado a todos, un antes y un después en nuestras vidas. Todas estamos deseando las rutas del fin de semana para vernos y disfrutar de nuestra pasión. Me siento completa de ver cómo todas van creciendo, de ver sus caras de felicidad ruta tras ruta, de escuchar sus palabras de agradecimiento hacia mí, por guiarlas y ayudarlas a que cada día disfruten más, y es que ya somos una gran familia; hemos creado una amistad preciosa. Agradecida eternamente a la Real Federación Española de Ciclismo por lanzar este proyecto y a todos sus colaboradores por sustentarlo. Con toda la ilusión del mundo, deseo poder formar parte de él muchísimos años. Porque ahora mismo sin mis Jarameñas, no podría vivir.

Autora: Isabel Menchero

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